23 abr. 2014

Momentos...

Cuando a la mañana siguiente nos levantamos sin retrasar ni un minuto la alarma del despertador, me dispuse a vestirme lo más rápido posible. Él había dejado la puerta del armario abierta mientras buscaba una sudadera, de modo que yo quedaba reflejada en el espejo de dentro, semidesnuda, con la minúscula ropa interior que con tanto esmero y rubor había escogido el día anterior. No pude sentir más que vergüenza al ver mi cuerpo, que se mostraba ante él a la luz del sol con una naturalidad que cegaba. No pude sentir más que culpa, por creerme única causante de lo que había sucedido unas horas atrás. Él no me miraba. ¿Había sido deseo mutuo, más allá de lo físico, o sólo mi (vulgar) seducción? Le veía serio, con el rostro fruncido. Yo no pronuncié palabra y busqué con fingido ahínco mi camisa y mis botas. Él iba y venía sin decir nada, ensimismado en unos pensamientos a los que yo no tenía acceso. Me sentía de repente una intrusa en casa ajena, apropiándome de un tiempo que no me pertenecía, aunque por otro lado, me creía poderosa robando esos minutos, y su ansia de soledad acrecentaba mi deseo de permanecer allí.
Caminamos por la calle fría a paso ligero, acompañados sólo por los pájaros recién despiertos y el olor a churros tan característico del domingo. Antes de que nuestros caminos se separasen, se despidió de mí agarrándome del pelo y besándome con fuerza. “Maldita”, me dijo. No nos hemos vuelto a ver.

















 <3